Ella aprende de tus manos
No fue el silencio quien llegó primero,
fue tu voz cansada,
tu gesto ausente,
tus palabras cayendo
como piedras pequeñas sobre su pecho.
Ella no se apaga sin motivo.
Nadie deja de florecer
por simple capricho.
Si ahora calla,
tal vez aprendió a guardar su amor
donde ya no duele.
Si ya no sonríe igual,
quizás está recogiendo
las migajas de lo que fue ternura.
Una mujer no cambia:
se adapta.
Imita el clima que le das.
Respira el trato cotidiano.
Se vuelve espejo
de tus días.
Tu dulzura podría ser jardín,
tu rudeza, campo de cicatrices.
Tus caricias, refugio.
Tu indiferencia, invierno.
Antes de señalar su actitud,
mírate en sus pupilas cansadas.
Ahí vive la respuesta.
Porque ella solo refleja
cuánto vale su presencia para ti.
Porque su amor aprende
de la forma en que lo tocas.
Porque su silencio
es muchas veces
un grito que nadie quiso escuchar.
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