En la penumbra donde el mundo calla
lejos de los ojos y del ruido ciego,
se libra en silencio la batalla
de encender en la grieta el propio fuego.
Somos ese destello clandestino,
la cicatriz que se cansa de ser sombra,
el golpe que torció nuestro destino
y la voz que en lo oscuro nos nombra.
No hay gala en la piel que fue rota,
pero hay un milagro que la habita:
que cada dolor, gota a gota,
en luciérnaga herida se transmita.
No brillamos para el aplauso ajeno,
sino por el orgullo de haber sido
el veneno, el contraveneno,
y la luz que nace de lo herido.
Josefina Arévalo
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