Qué golpe tan amargo y tan de frente,
saber que el mundo entero ya lo sabía,
que era un secreto a voces entre la gente
mientras yo, en mi inocencia, sonreía.
¿Cómo contar la historia de mi engaño?
¿Cómo narrar el trauma y el desvelo,
si el pueblo ya aplaudía desde el suelo
el acto que me iba a causar tanto daño?
Fui la última en notar la marea,
la última en ver caer la fría venda,
mientras todos miraban la contienda
como quien una farsa morbosa otea.
No hay relato que explique este vacío,
ni crónica que cure la imprudencia
de ver que todos eran la audiencia
de un dolor que al final... solo fue mío.
Josefina Arévalo
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