No hay fuego en mis ojos,
ni un reclamo encendido,
la tormenta del pecho
se ha vuelto desierto.
No me enoja el error,
ni el camino torcido,
sino el puente caído
de lo que creí cierto.
Aún guardo el recuerdo
del primer escenario,
cuando el alma, inocente,
se abrió de perfil.
Me hiciste pensar
que tenías un santuario
donde el daño era ajeno
y el trato era vil.
"Alguien diferente",
dictó la esperanza,
un refugio seguro
contra la tempestad,
una tregua sin trampas,
una fiel alianza,
una mano incapaz
de herir la lealtad.
Pero el molde se rompe
y el mito se cae,
y no es el rencor
lo que empieza a ocupar
el espacio vacío
que tu ausencia trae...
es solo el asombro
de verte cambiar.
Duele la caída
de la altura inventada,
el amargo destile
de la decepción.
No me enoja tu astucia
ni tu encrucijada,
me duele haber dado,
sin ver, la razón.
Josefina Arévalo
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