Dios en los procesos
Quisieron encerrar lo inmenso entre paredes,
ponerle horarios al misterio,
vender la fe en altares de oro y redes,
como si el cielo fuera un cautiverio.
Pero yo lo encontré lejos del coro,
donde el silencio muerde y desampara.
En la noche más fría que atesoro,
cuando el miedo me hablaba cara a cara.
No vestía de seda ni de rito,
vino descalzo a sostener mi herida;
fue la fuerza que habita en mi suspiro,
el faro en la tormenta de mi vida.
Me hablaron de un Dios de piedra y de liturgia, ajeno al polvo, al llanto, a la trinchera.
Pero en mitad de mi propia penumbra,
lo vi encender la última hoguera.
Estaba allí, en el fondo del abismo,
cuando perderse era el único camino,
sosteniendo los hilos del proceso,
tejiendo la victoria en el destino.
Lo conocí en el quiebre y en la gloria,
en el sudor de cada paso dado.
No vive en monumentos de la historia:
vive en el corazón que ha caminado.
No me busquen en templos de cemento,
ni me vendan la fe por ventanilla.
Yo encontré la verdad en el momento
en que el dolor me puso de rodillas.
Y allí, donde no entraba la doctrina,
en la sagrada y pura soledad,
una mano invisible y genuina
cambió mi tormenta en libertad.
Él es el triunfo que hoy corona el alma,
el abrazo en el miedo más profundo.
Mi vida es el altar, mi pecho es calma,
y su presencia va conmigo por el mundo.
Josefina Arévalo©️

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