Reino en mi espejo con la frente erguida,
sin buscar sombras que midan mi estatura;
tengo el orgullo firme, la mirada pura,
y una corona que me dio la vida.
No miro altares en ajena cumbre,
ni busco glorias en el suelo ajeno;
mi propio pulso es el que corre lleno,
mi propio fuego es el que me da lumbre.
Solo cedí el trono, con amor sagrado,
a la sangre limpia que de mí partiera;
las únicas reinas de mi propia esfera
son los milagros que mi cuerpo ha dado.
Ya florecieron mis herederas bellas,
mi propia carne hecha luz y abrigo.
No hay más rivales en el viaje que sigo:
mi imperio es de ellas, y yo soy de ellas.
Josefina Arévalo
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