Dos Altares, Un Solo Templo
No puedes inclinar la frente al cielo
con el orgullo intacto ante el vecino,
ni pretender que es santo tu camino
si dejas a tu hermano en el suelo.
La mano que se junta en la oración
y busca las alturas de lo eterno,
se vuelve de madera y de invierno
si niega al desvalido el corazón.
No habita Dios en templos de imprudencia,
ni escucha los clamores del altar
si al salir por la puerta, al caminar,
pisamos con desdén la coincidencia
Coincidencia de carne y de agonía,
de ser humanos bajo el mismo manto.
Nadie puede elevar un tierno canto
si a su propio hermano lo desvía.
A darnos de rodillas no aprendemos
si el suelo que tocamos es vitrina;
la fe no es una cumbre que domina,
sino el abrazo en el que nos medimos.
Para ser dignos de mirar un día
el rostro del Creador
hay que mirar los ojos del que pasa;
pues nadie entra con gracia a Su casa
si sale siendo un juez y un opresor.
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