El ruidito de la traición
Le da los buenos días con premura,
le ofrece sus consejos, sus desvelos,
mientras yo mido el frío de mis duelos,
y el peso muerto de su investidura.
El buen esposo fue una conjetura,
pero el amante vuela por los cielos;
atento a cada paso, sin recelos,
vistiéndole la vida de ternura.
Escucha con paciencia lo que ella hace,
le da los ánimos que a mí me niega,
en un papel perfecto que le place.
Es una herida extraña que me ciega:
saber que el hombre que conmigo yace,
en otra vida, por entero se entrega.
Josefina Arévalo
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