El precio de la paz
Tengo la piel intacta y la mirada alerta,
un mapa de fronteras bien trazado;
no dejo la rendija ni la puerta
a quien viene con el rostro duplicado.
Hay tres venenos que mi sangre rechaza,
tres sombras que no habitan en mi mesa:
la fábula tejida que amenaza,
la mueca falsa y la mitad que besa.
No me deslumbro con la orfebrería
de la palabra blanda y el engaño;
prefiero la verdad, aunque esté fría,
que el tibio simulacro que hace daño.
Mi calma es un jardín que no se entrega,
un territorio sacro, un absoluto;
aquí la falsedad no siembra ni juega,
aquí la inconsistencia no da fruto.
No negocio el silencio de mis noches,
ni el aire limpio que por fin respiro;
se quedan afuera los reproches,
las máscaras baratas y el suspiro.
Que soy de una madera limpia y clara,
alérgica al disfraz que el alma encubre:
prefiero la verdad de cara a cara,
y que el viento la maleza desentierre.
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