Guardé mi propio llanto en el bolsillo
para que fueras libre en tu partida,
te prometí que todo estaría bien...
y comenzó la herida.
"Descansa en paz, mamá, anda tranquila",
te dije contenida frente al viento,
mientras por dentro se quebraba el alma
en un eterno y mudo sufrimiento.
Fue mi mayor mentira, mi acto de amor más puro:
dejarte ir sabiendo el desamparo,
ponerme ante la vida como un muro
aunque el precio de amarte fuera tan caro.
Y no, no estoy bien, mamá, nada es lo mismo,
tu ausencia es un invierno que no acaba.
Haces falta en el centro de los días,
hace falta la luz de tu mirada.
Mi corazón se rompió para siempre
el día en que tus ojos se cerraron,
pero prefiero cargar con estos trozos
antes que retenerte en el calvario.
Te mentí por amor, para cuidarte,
para que al cielo te fueras ligera...
pero qué falta me haces, madre mía,
cómo duele vivir de esta manera.

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