El filtro del alma
Ya no me apura el viento de los mapas,
ni me desvelo por llenar la mesa;
aprendí a descifrar bajo las capas
lo que es ruidosa prisa, y lo que es certeza.
No cualquier mano que se extiende es nido,
ni cualquier puerto es tregua en la tormenta.
Hoy prefiero el silencio bien vivido
que una verdad a medias mal vendida.
He cambiado el paisaje del camino
por el valor de quien sostiene el viaje.
Ya no fuerzo el azar ni el destino,
viajo más ligera de equipaje.
Cualquier destino es solo un punto ciego
si no coincide el rumbo con la calma.
Se apagó el viejo incendio, ya no juego
a mendigar esquinas para el alma.
Ni todo amigo es puente en el abismo,
ni toda cita es puerta del mañana.
El mayor viaje fue hacia mí misma,
mirar la vida tras otra ventana.
Busco la pausa, el aire, el mediodía,
un rincón libre de ansiedad y guerra.
Mi única ambición, mi profecía,
es la paz que me abraza y me destierra.
Sé quién soy cuando el tumulto calla,
conozco bien mis sombras y mis bordes.
Ya no cruzo banderas de batalla
por planes que resultan discordes.
No hay urgencia de ser el elegida,
ni de habitar historias de una noche.
El corazón, de tanto, ha aprendido
a prescindir del ruido y del reproche.
Quedarse en paz no es renunciar al mundo,
es elegir el mundo en el que habitas.
Un pacto personal, limpio, profundo:
curar la sed con el agua que necesitas.
Josefina Arévalo©️

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